Viviendo en el día de la marmota. ¿Por qué nos resistimos al cambio?
En vez de despertador hay una radio en la mesita de noche de Phil Connors, el personaje protagonista de la película Atrapado en el tiempo. Este locutor aúlla cada mañana con el mismo entusiasmo: “Bien, excursionistas, arriba, despertad y no olvidéis los descansos porque hoy hace mucho frío. Hace frío todos los días. ¿Qué te creías que estabas, en Miami?”.

Es el único que parece entusiasmado en esta historia. Efectivamente hace frío todos los días para él porque está metido en un bucle del tiempo, en el que el mismo día se repite una y otra vez. Cada día es igual que el anterior e igual que el siguiente. Y Phil sigue equivocándose en lo mismo uno y otro día sin conseguir que ni las cosas de su entorno ni el mismo cambien ni un poco durante mucho tiempo. Recapitulemos un momento. ¿Estamos hablando de una trama disparatada de ficción? ¿O esa resistencia al cambio es el día a día de mucha gente o incluso de nosotros mismos?

La película ni siquiera se molesta en explicar por qué la vida del protagonista discurre a golpe de repetir siempre el mismo día. Probablemente no lo considere necesario porque a muchos de nosotros también nos pasa un poco lo mismo y, sin embargo, no nos hacemos grandes preguntas al respecto. Ante situaciones semejantes respondemos de forma semejante, aun cuando tengamos delante la evidencia de que nuestra respuesta no es la más adecuada para la circunstancia y que incluso nos desfavorece.

Cambiar nos cuesta mucho. Primero porque tenemos que identificar nuestros patrones de conducta más dañinos para luego intentar corregirlos, y eso puede ser complejo e incluso doloroso. Para gestionar ese cambio siempre viene bien la opinión de alguien que nos conozca bien y quiera ayudarnos. El día eterno de Phil Connors empieza a ir un poco mejor cuando deja la autodestrucción por el aprendizaje y la ayuda activa a los demás. El nivel de carcajada decae cuando el protagonista abandona los excesos y la idea del suicidio. Pero a cambio nos traslada un mensaje bastante real, que cambiar la motivación por la que hacemos las cosas puede ser una auténtica revolución. Phil pasa de atracar bancos y de suicidarse insistentemente a recibir clases de piano y a trabajar por la comunidad. Todo ello porque ha encontrado un motivo para levantarse por las mañanas. A partir de ahí empieza a modelar su cambio.

La película no entra a valorar la dificultad de hacer las cosas de forma distinta en el día a día, pero por experiencia sabemos que no es fácil. Vivir es más cómodo cuando funcionamos a golpe de automatismos. No hace falta pensar mucho, solo dejarse llevar, y a partir de ahí todo fluye naturalmente. Una forma de actuar altamente ecológica en base a la cual resolvemos mucho con poco esfuerzo. Lo malo empieza cuando el fluir natural de las cosas no nos conviene y somos conscientes de ello. Ahí es cuando nos vemos abocados a cambiar nuestra forma de hacer. Adentrarse en una nueva forma de actuar es dejar el camino del control para meternos en la incertidumbre o, un paso más allá, en el del miedo. Y eso no es agradable, que se lo pregunten a Phil Connors.

 

Raquel Lombas

Imagen por Eremita bajo Licencia Creative Commons.

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